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    March 31

    Sobre los valores de nuestro entorno y la apatía generacional.

    Sobre los valores de  nuestro entorno y la apatía generacional.

     

    “El pensamiento radical y crítico solo dará frutos si se mezcla con la cualidad mas preciosa que tiene el hombre: el amor a la vida.” Erich Fromm.

     

    Ciertamente vivimos en una época donde los valores preponderantes no van más allá de la vanidad, la adquisición de poder, de control, de influencia, y otros tipos de dominación. Las relaciones humanas en todos los aspectos están degeneradas hasta el límite de haber perdido la sensibilidad a cualquier tipo de necesidad ajena. Nuestra relación con la naturaleza es prácticamente inexistente, lo que nos ha puesto en la peor crisis ecológica en los últimos seiscientos cincuenta mil años. 

     

    El problema consiste en la pérdida del sentido de pertenencia a la comunidad, y más allá…al mundo. El ser humano, a diferencia del resto de los seres vivos, tiene la capacidad de volverse consciente de su existencia en algún punto de su vida. Esto nos da una cualidad única, pero trae consigo una consecuencia terrible. Al darnos cuenta de lo que somos, nos damos cuenta también de lo que no somos, y comenzamos a diferenciar: yo soy esto, yo no soy esto. Resultado: el ser humano es el único que puede perder su sentido de pertenencia con el mundo y vivir en una pueril ilusión de individualismo.

     

    Los valores se aprenden por imitación, desde la infancia, y se refuerzan a lo largo de la vida, por lo que la sociedad en que nos desarrollamos tiene un papel muy importante en formar al sujeto poseedor del carácter social, el engrane que perpetúe el funcionamiento de la máquina. El éxito en la formación de éste carácter social consiste en que el individuo llegue a anhelar las metas que su sociedad plantea, a ir detrás del arquetipo del “triunfador”. En la sociedad contemporánea el individualismo está reforzado a cada segundo: que si tal persona tiene el mejor coche, trabajo, esposo, carrera, etc. El salvaguardar el yo y cultivarlo es la necesidad primordial; relegando el bien comunitario a segundo plano, procurándolo únicamente cuando las circunstancias lo permiten, cuando no tenga que existir sacrificio personal. Aún en las supuestas muestras de altruismo existe un egoísmo mayúsculo: le llaman altruista al que dona un dinero que representa una fracción mínima de su fortuna y a cambio necesita un reconocimiento público, o que la fundación o la calle o escuela lleve su nombre; o al que ayuda al otro a cambio de la módica suma. La inteligencia (entendida como la capacidad para resolver problemas) esta sobrevalorada, de hecho es lo que importa, mientras que la conciencia, la capacidad de notar la realidad tal y como es, juega -si acaso- un papel muy secundario. La consecuencia: sobrepoblación insostenible, destrucción masiva de la naturaleza, agotamiento de los recursos, la humanidad en una situación, sin exagerar, apocalíptica. Salir de este carácter social es sumamente difícil. Se requiere superar notablemente a la sociedad donde uno vive, cultural y espiritualmente.

     

    La cuestión de la pobreza ética en la profesión médica, así como la de la deshonestidad académica no tienen una raíz diferente. El individualismo que se fomenta en la sociedad se refuerza en la escuela de medicina. La competencia (en lugar de la cooperación, la búsqueda del bien común) es la motivación para el supuesto progreso. La forma de evaluación (numérica) representando el conocimiento memorizado a corto plazo; las recompensas, para los que más destaquen en éste ámbito; el sistema autoritario, totalmente vertical, en que el de menor jerarquía realmente no puede más que acatar; un sistema funcionando a base de control coercitivo, las jornadas de trabajo irracionales e ilegales. Todo esto crea situaciones de supervivencia (sobre todo psicológica), y cuando un ser está en necesidad de sobrevivir…es difícil pensar en la ética. Un ser enajenado por su trabajo es una máquina, no un humano.

     

    Nos encontramos en una época que requiere un cambio de fondo, radical en muchos aspectos. Al borde del cataclismo ecológico, inmersos en el cataclismo social, enfocarse en la realización de deseos egoístas resulta más absurdo que en otros tiempos. La reforma por supuesto que abarca aspectos de la vida diaria, y nuestro cambio de actitud al respecto de todos los seres, de los pacientes, de los maestros, de los alumnos, de los extraños, de los animales. Tenemos que dejar de buscar soluciones temporales, que solo mantengan un control aparente y momentáneo sobre los problemas. Tenemos que ir a la raíz, a la causa fundamental. No por el hecho de que el ideal sea muy difícil de conseguir hay que darse por vencido, todo lo contrario.

     

    La motivación de los alumnos se ha perdido de la mano con el sentido de la práctica médica. Cada día somos “más raíz, menos criatura” como el niño yuntero de Miguel Hernández. El extravío existencial del ser humano nos ha orillado inevitablemente hacia fines autodestructivos a nivel de especie, alojados en el egoísmo que crea una cortina de humo frente al vació vital. Para ser un engrane bien colocado dentro de el sistema burocratizado y deshumanizado en el que vivimos no se requiere más que ser sumiso y corruptible. Los valores que han sido inculcados en nuestras estructuras de pensamiento elementales no son más que soluciones a dilemas morales subordinadas al éxito, el cual es cínicamente reconocido como ser un individuo superior a los demás, subordinados a la voluntad de poder.

     

    El problema de la apatía contemporánea lo venimos arrastrando desde el fracaso de la orientación materialista por la conocida generación X (aquellos hijos de los baby-boomers de la postguerra). Generación convencida de un futuro promisorio ante las “oportunidades” generadas por el –entonces-  panacéico liberalismo económico y la aparente igualdad de oportunidades, ilusión comprendida cabalmente hasta el día de hoy (por aquellos que no cierran los ojos y ni se tapan los oídos), en donde más del 70% de la población económicamente activa en nuestro país gana menos de $500 pesos a la semana.

     

    Ante esta situación nuestra generación se ve expuesta por un lado al fracaso de la generación anterior y por otro ante la incertidumbre del mundo futuro. Un día estamos tomándonos fotos en Atocha, y al otro morimos en un atentado terrorista. Un día venimos regresando del hospital a la casa, y al otro somos secuestrados. Hay dos actitudes que se pueden tomar frente a esto (a grosso modo): una la evasión de la realidad; otra la toma de conciencia de esta.

     

    Desgraciadamente es habitual optar por lo más fácil, lo más egoísta, lo menos desafiante para el espíritu: la evasión. Hay tres maneras de evadir la realidad, siendo irracionalmente optimista, siendo irracionalmente pesimista o -peor aún- siendo indiferente. El optimismo es una fe irracional, el pesimismo una desesperanza irracional. Es más fácil ser pesimista, pues, como dice Erich Fromm “quien desea demostrar la maldad del hombre halla partidarios más pronto, porque ofrece una coartada para sus propios pecados”.

     

    La actitud de la mayoría no es de fe ni de desesperanza sino de total indiferencia al futuro. Los optimistas creen en el dogma de la continua marcha del “progreso”. Identifican los logros humanos con conquistas de la técnica, la libertad humana con la libertad respecto de la coerción directa y la libertad del consumidor de escoger entre los muchos artículos en el mercado. La dignidad, la cooperación, la generosidad no les impresionan, solo las hazañas de la técnica, la riqueza, la dureza. Siglos de dominio sobre personas técnicamente atrasadas, de color diferente, han dejado su sello en la mente de los optimistas. ¿Cómo podría un “indio” ser humano, ser igual, no digamos superior a los hombres que pueden ir a la luna…o matar a millones de seres vivos pulsando un botón?

     

    Los optimistas viven bastante bien, por ahora, y pueden permitirse el ‘optimismo’. O así lo creen, porque están tan enajenados que ni siquiera los afecta la verdadera amenaza al futuro de sus nietos. No se dan cuenta de que sus valores, su estilo de vida, son imposibles de mantener sin la perpetua depleción de los recursos del planeta.

     

    Los “pesimistas” no son diferentes. Viven no menos cómodamente y no se comprometen más que los optimistas, el destino de la humanidad les preocupa tan poco. No se desesperan, porque si desesperarán no vivirían, ni podrían vivir, tan contentos como viven. Y mientras su pesimismo funcione en gran parte para proteger a los pesimistas respecto de toda exigencia interior de que hagan algo proyectando la idea de que no puede hacerse nada, los optimistas se defienden de la misma exigencia persuadiéndose de que todo funciona debidamente de todos modos y que por lo tanto, no es necesario hacer nada. Por supuesto que el sistema puede cambiarse, no es fácil, ni inmediato, pero se puede hacer, es necesario hacer algo. Primero habemos de tener esta “transvalorización de todos los valores”, tan pregonada por el Zaratustra Nietzscheano, dentro de nuestra persona.

     

    Las personas indiferentes se han visto aplastadas de tal manera por el peso de la realidad que persiguen un deslinde absoluto de esta. Se evaden en el egoísmo, en el alimento del yo; ya no importa si la humanidad esta condenada al fracaso, mientras que uno tenga la mayor cantidad de comodidades y placeres. Ya no importa si se vive con una conciencia tranquila y un espíritu feliz, beatifico; importa la ilusión de control sobre los demás (requerida ante la carencia de control de la propia vida), la capacidad de humillar al resto (ante la incapacidad de sentir el valor intrínseco del ser humano), la capacidad adquisitiva (ante la carencia espiritual).

     

    Tener esperanza significa osar, pensar lo impensable, pero obrar dentro de los límites de las posibilidades reales. La esperanza paradójica de esperar al Mesías todos los días, pero no desesperarse porque no llegue cuando queremos. La esperanza racional es indispensable para el progreso autentico, para la supervivencia de nuestra especie.

     

    La motivación solo se puede adquirir al obtener conciencia. Esta solo se logra cuando se adquiere una visión cabal de la realidad, de nuestras necesidades, de nuestra responsabilidad  de acuerdo con nuestras limitaciones y de nuestras habilidades. No es fácil adquirir conciencia en un mundo como el nuestro, la mayoría de la gente muere sin lograrlo. La depresión no sería la enfermedad más común de un mundo conciente.

     

    Hablando de las necesidades una persona totalmente desarrollada descansa en sí misma y ama a la vida. Quien se ha sobrepuesto a la avidez no se adhiere a ningún ídolo o cosa y, por lo mismo, no tiene nada qué perder: es rico porque nada posee, es fuerte porque no es esclavo de sus deseos. Quien se ha sobrepuesto a la aversión no se ve limitado ante las circunstancias y por lo tanto no tiene nada que odiar: es feliz ya que al no tener deseos, todos sus deseos están satisfechos, tiene conciencia plena de que el dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional. Este tipo de persona puede prescindir de ídolos, deseos irracionales y fantasías, porque ésta en pleno contacto con la realidad, tanto interna como externa. De esta manera podrá experimentar la verdad en la frase de Goethe “Ich habe míen Haus auf nichos gestellt, deshalb gehört mir die ganze Welt.” [He puesto mi casa sobre nada, en vista de que el mundo entero me pertenece.]

     

    La visión cabal de la realidad vendrá después de comprender nuestras autenticas necesidades, solo libres de prejuicios y subjetividad ególatra podemos ver las cosas tal cual son, en su pureza absoluta. Nuestras limitaciones y habilidades solo las podemos dimensionar concientemente cuando la mentira deja de formar parte de nuestro ser, cuando no tenemos que mentirnos, ni mentirle a los demás, pues descansamos en nosotros mismos, entendemos el valor de nuestra humanidad, de la vida, del amor.

     

    En una palabra: conciencia. Solo esto nos permitirá trascender el statu quo de manera benéfica para todos los seres y llena de alegría para nosotros mismos. El resto de los caminos solo llevan a la frustración. Un ser conciente es inevitablemente un ser motivado. Puede haber motivaciones que eviten el sufrimiento (aliviar a un paciente) y motivaciones que lo perpetúen (experimentar con niños judíos para cambiar el color del iris con el fin de “perfeccionar la raza”); de nuevo, la respuesta es la conciencia. Hay gente socialmente exitosa, pero anímicamente infeliz, frustrada, amargada, resentida, sádica; esto es por la conciencia poco clara de sus metas.

     

    Nuestra cultura está amenazada por un renacimiento monstruoso de la estupidez y la crueldad; nuestra cultura puede ser renovada por una generación un poco distinta. Estupidez no es imbecilidad, estupidez es necedad, es ignorancia de la realidad, es desconocer el por que de las cosas y solo centrarse en el como (i.e. el médico eficientemente preparado que se dedica a desarrollar armas biológicas o aquel que practica abortos).  La crueldad viene de la inconciencia, de esa ilusión de individualismo que aísla al hombre de su entorno la cual origina un déficit compasional: la incapacidad de amar ante la separatividad que afecta a los autómatas individualizados.

     

    No estudien para los exámenes, demuestren lo que realmente han aprendido, no hagan que nuestro futuro dependa de ellos.

     

    No vean a los pacientes como procedimientos. Fomenten la salud. Permítannos tener un estilo de vida saludable.

     

    Cambiar los valores en nuestro pequeño núcleo académico requiere un esfuerzo enorme, pero es posible. Debe ser un trabajo conjunto.

     

    Como alumnos nos corresponde tomar en cuenta las recomendaciones de nuestros maestros, y respetar su experiencia.

     

    Como médicos en formación nos corresponde asumir la responsabilidad de adquirir los conocimientos necesarios para poder ofrecer la mejor atención a nuestros pacientes.

     

    Como humanos nos corresponde ver y sólo ver por el bienestar de nuestros pacientes, dedicarles la atención, el cuidado y el amor que necesitan. Tratar a cada uno de manera individual, recordar que para ellos nosotros somos el médico, y que nuestro trato lo recordarán toda la vida.

     

    Como maestros les corresponde hacer que todas y cada una de sus acciones vayan encaminadas a que nosotros aprendamos; deben motivarnos, ver más allá del castigo. Para esto es necesario también dedicarle a cada alumno todo el tiempo, la atención y el amor que necesita. Traten a cada alumno de manera individual, recuerden que para nosotros también son los únicos maestros, y que los recordaremos por el resto de nuestras vidas.  Se tiene que enseñar a la gente a ser feliz, permitirlo al menos. Solo una persona feliz es auténticamente productiva: procura el bien, no hace daño y tiene claridad mental.

     

    Como autoridades les corresponde crear el ambiente propicio para que esto pueda florecer. Áreas que necesitan atención urgente son evaluación y elaboración de horarios. ¿Qué valores quieren que sus alumnos persigan? Evalúen esos. ¿Qué necesitan los alumnos para conseguirlos? Antes que nada funcionar bien fisiológica y psicológicamente, permítanlo.

     

    El niño yuntero



    Carne de yugo, ha nacido
    más humillado que bello,
    con el cuello perseguido
    por el yugo para el cuello.

    Nace, como la herramienta,
    a los golpes destinado,
    de una tierra descontenta
    y un insatisfecho arado.

    Entre estiércol puro y vivo
    de vacas, trae a la vida
    un alma color de olivo
    vieja ya y encallecida.

    Empieza a vivir, y empieza
    a morir de punta a punta
    levantando la corteza
    de su madre con la yunta.

    Empieza a sentir, y siente
    la vida como una guerra,
    y a dar fatigosamente
    en los huesos de la tierra.


    Contar sus años no sabe,
    y ya sabe que el sudor
    es una corona grave
    de sal para el labrador.

    Trabaja, y mientras trabaja
    masculinamente serio,
    se unge de lluvia y se alhaja
    de carne de cementerio.

    A fuerza de golpes, fuerte,
    y a fuerza de sol, bruñido,
    con una ambición de muerte
    despedaza un pan reñido.

    Cada nuevo día es
    más raíz, menos criatura,
    que escucha bajo sus pies
    la voz de la sepultura.

    Y como raíz se hunde
    en la tierra lentamente
    para que la tierra inunde
    de paz y panes su frente.


    Me duele este niño hambriento
    como una grandiosa espina,
    y su vivir ceniciento
    resuelve mi alma de encina.

    Le veo arar los rastrojos,
    y devorar un mendrugo,
    y declarar con los ojos
    que por qué es carne de yugo.

    Me da su arado en el pecho,
    y su vida en la garganta,
    y sufro viendo el barbecho
    tan grande bajo su planta.

    ¿Quién salvará a este chiquillo
    menor que un grano de avena?
    ¿De dónde saldrá el martillo
    verdugo de esta cadena?

    Que salga del corazón
    de los hombres jornaleros,
    que antes de ser hombres son
    y han sido niños yunteros.”

    Miguel Hernández


     

     

    Paz, amor y armonía,

    DBS (daniel.xanadu@gmail.com)

     

    Esto es lo que pienso, puedo estar equivocado.

    March 11

    Banlieus et CPE á Paris

    Banlieus et CPE á Paris
     
    La flor -de lis- en el piso...degollada, primero, pisoteada despues
    y, mientrastanto,
    los nardos, los cardos, las margaritas y la manzanilla...
    buscando, trepando, saliendo, esperanzados...
    y hoy...hoy
    el Ebano y sus retoños les abofetean con la realidad:
    llamas, neoliberalismo y discriminación.
     
    FIN
     
     
     
    PD...bueno... Evilla dijo q me viaje mucho. Pero no es tam complejo...solo tener una vista retrospectiva a lo de Paris, con al revuelta de los jovenes-hijos-de-inmigrantes; y a lo de Francia...con el abusivo "contrato del primer empleo"
     
    Paz, amor y armonía,
    DBS